Capitulo 4
Frío y lúgubre eran las únicas palabras para describir ese lugar; parecía un cementerio infinito. Sinceramente, no sabía si arrepentirme, pero ya había tomado una decisión, y tal vez no era la más inteligente. Sin importar qué, empecé a caminar.
No vi ni una sombra ni un espíritu en mi camino durante horas, pero estaba seguro de algo: ese lugar no era un desierto ni un pueblo fantasma. Parecía que el cielo se caía, un cataclismo o un armagedón constante. No había esperanza, solo arquitectura gótica y lotes baldíos con enormes cercas negras que parecían de otra época, acompañadas de un descuidado pasto gris que crecía en el lugar.
Caminé por largos minutos que se volvieron horas hasta llegar a una tienda veinticuatro horas desgastada y fuera de servicio. Me senté en la orilla del pavimento a pensar a dónde ir o qué hacer. Por más que los lugares que veía me parecieran familiares, sabía que no formaban parte de mi realidad, impregnados de una energía inefable.
Continué caminando hasta que vi un edificio cuyo propósito no supe deducir antes de quedar fuera de servicio. Observé las grandes instalaciones y paneles solares; adentro, miré por los ventanales a las ruinas de afuera. Mientras buscaba señales de vida, encontré unos papeles que decían "Distrito 936". Eran de un condenado, un alma en pena. En la inmensa oscuridad de ese lugar, caí en cuenta: ya estaba cerca del infierno.
Me surgió una pregunta: ¿cómo se había destruido ese distrito? Sin darle importancia, salí corriendo del edificio, un miedo extraño me invadió de repente, aunque no supe por qué. Seguí adelante y paré un camión de carga para pedir ayuda, un aventón.
Era una persona normal, hasta donde supe. Conducía un hombre joven de cabello castaño claro, lacio, que parecía de países eslavos; era muy pálido.
Solo le dije que siguiera. Mientras avanzábamos, me preguntó a dónde iba y me pidió información personal. También me explicó que los distritos a veces se encuentran afuera.
Al final, llegué. No quería bajar de la camioneta, pero no había otra opción. Todo se veía como siempre: oscuro, parecía más una gran ciudad con altos edificios. Me pregunté si ese era el distrito capital o algo así; aún no entendía la distribución del infierno que me había narrado el extraño de la camioneta. Y de repente, empecé a ver gente... o eso creía.
Fui a un edificio cercano que parecía una feria. Observando a la gente, me detuve en una cafetería a sentarme y de repente sentí una presencia. Era un tipo delgado, con cabello castaño oscuro, lacio, y ojos que parecían piedras de amatista. Me miró intensamente y dijo:
Baal: Hey, veo que estás perdido.
Jhon: No lo estoy —respondí.
Baal: Sí, lo estás. Aquí solo existen demonios, y seguramente entraste con ayuda de alguien. Te puedo ayudar a conseguir lo que necesitas a cambio de tu alma o la de alguien más.
Jhon: No, gracias.
Baal: Qué aburrido. Soy Baal.
En ese momento extendió su mano para saludarme. Su toque me dio una vibra extraña, casi muerta, aunque sonreía.
Estreché su mano con incomodidad y respondí:
Jhon: Llámame Jhon, un... gusto.
Para ser un demonio, se veía normal; de hecho, no tenía mal aspecto. Parecía un tipo joven, lo que me desconcertó. Pensé que tal vez era algo atípico y poco visto entre los demonios.
Baal: Di la verdad, ¿por qué estás aquí?
Jhon: Busco a alguien.
Baal: ¿A quién? No seas así.
Jhon: Una amiga.
Baal: Tengo que pagar una suscripción premium para la información completa, ¿o qué?
Jhon: Se llama Isolde y está muerta. ¿Está bien?
Baal: Ah, qué idiota debes ser. Me impresiona: no existe la posibilidad de resucitar a los muertos en el infierno.
Jhon: No lo sé, pero no quiero estar más solo.
Baal: Hay mucha gente viva. ¿Por qué venir a pasar el infierno con alguien?
Jhon: No te importa.
Baal: Como sea, ve a buscar a tu alma en pena.
Me levanté de la mesa y quise caminar, pero una inquietud me detuvo. No conocía nada de este lugar.
Baal: JAJAJAJA. No sabes a dónde ir, ¿cierto? ¡Por suerte me encontraste, maldito idiota!
Jhon: Como sea.
Empezamos a dirigirnos a un lugar que no conocía; solo lo seguía en la vasta ciudad. Veía sombras, edificaciones lujosas y edificios con una arquitectura agresiva. Había iglesias góticas que, a este punto, creo que no son las que se conocen entre los religiosos cristiano-católicos. No sentía miedo, sino una sensación de incertidumbre. Al principio, me sentí solo, como un niño pequeño esperando en un lugar desconocido, pero cuando llegó ese demonio, sentí esperanza. Me sentí guiado, aunque no confiara en él.
Vi que se desvió hacia un parque de diversiones y me quedé helado.
Jhon: ¡Hey! ¿Qué carajos haces?!
Lo seguí hasta que se detuvo frente a un puesto de peluches.
Jhon: ¿No puedes ser más infantil?
Baal: Solo es un peluche de salamandra.
Jhon: Jódete.
Un bus pasó y nos subimos. Tenía luz blanca; me daba una sensación familiar. Estaba casi solo; yo tenía sueño, pero no me dormí. La sensación extraña me obligaba a estar alerta. Presentía que aquí, en esta ciudad, había demasiados peligros.
Jhon: No me dijiste a dónde vamos.
Baal: Vamos con un demonio que conozco. Te puede ayudar a ubicar un espíritu.
Jhon: ...
Sinceramente, no quería ir. Nunca había tenido el deseo de conocer a un demonio en persona, mucho menos uno de alto rango. Desde que ese demonio tiene acceso a la ubicación de todas las almas en pena, muchas preguntas surgían en mi mente. No quería conocer una entidad oscura de ese nivel; no sabía siquiera cómo interactuar con seres así, y además, temía que su apariencia pudiera quitarme el aliento del miedo. El camino se volvía cada vez más tétrico