Capitulo 6

‎Capitulo 6 

‎En aquel instante, un ayudante de los duques y príncipes que se habían reunido ante mí me entregó una carta. En ella, se sellaba el pacto que condenaba mi alma al príncipe Beelzebub. El miedo me envolvió como una sombra, pero, resignado, acepté mi destino y guardé la carta con un susurro de desesperanza. Iba a estar allí por la eternidad y debía acostumbrarme, aunque no lograba encontrar un rincón de seguridad en aquel lugar tenebroso. Sabía que lo peor estaba por venir, pero la incertidumbre me consumía.

‎¿Qué le había pasado a Isolde?

‎Siguiendo las instrucciones de la carta, llegué a un edificio vacío y despojado de vida. Una mosca inquieta se posó en mi hombro, inyectando en el aire una energía opresiva y oscura, la esencia misma de un gran duque del infierno. Escuché pasos resonar en la penumbra, pero no vi a nadie. Mi alma se congeló ante la inminente presencia de lo desconocido. La anticipación y el pánico se entrelazaron en un torbellino de emociones.

‎Cada paso resonaba como un yunque cayendo al suelo; las botas de guerra del ser que se acercaba retumbaban con un eco aterrador. Más moscas comenzaron a rodearme, y el ambiente se tornó opresivo, como si el aire mismo estuviera vivo y amenazante.

‎Finalmente, se hizo presente ante mí. Era un hombre joven, con dos pares de cuernos blancos que se alzaban majestuosamente sobre su cabeza. Vestía de manera elegante y oscura, con botas de guerra que parecían romper el suelo a cada paso. Su cabello negro caía lacio enmarcando su rostro pálido, donde unos ojos grises, enigmáticos, llevaban grabadas dos letras en hebreo sobre sus pupilas. Cuando abrió la boca, una voz profunda resonó en la habitación.

‎Beelzebub: Saludos.

‎Jhon: ......

‎Beelzebub: ... Habla, chico. Preséntate.

‎Jhon: Mi nombre es Jhon… Müller.

‎Beelzebub: ¿Eres alemán?

‎Jhon: Sí.

‎De repente, el miedo que me envolvía comenzó a disiparse. Un extraño sentido de calma me envolvió, a pesar de que me encontraba en presencia del segundo al mando del infierno.

‎Jhon: Vas a torturarme, ¿cierto?

‎Beelzebub guardó silencio un momento, sus ojos fijos en mí, sin parpadear. Su expresión no cambiaba; era frío como el invierno en Rusia. La blancura de su piel parecía resplandecer a la luz mortecina.

‎Beelzebub: Vas a ser mi sirviente, porque no se ha estipulado que te pueda torturar, ya que eres un caso atípico.

‎Jhon: ........ Eh?

‎Los días que siguieron se deslizaban en el vasto y gótico castillo de Beelzebub. Para mi sorpresa, no fue desagradable conmigo; incluso, su frialdad a veces se tornaba en una especie de amabilidad.

‎Un día, mientras Beelzebub limpiaba el polvo de uno de sus estantes, vi la oportunidad perfecta para preguntar sobre Isolde. Me acerqué con cautela.

‎Jhon: Oye... quería preguntarte algo... yo—

‎Beelzebub: Habla.

‎Jhon: ¿De casualidad sabes el paradero de una chica llamada Isolde, de cabello color salmón, de mi país?

‎Beelzebub se dio la vuelta, apoyándose en el estante de madera fría.

‎Beelzebub: No existe.

‎Las palabras me dejaron paralizado, incapaz de responder. Todas mis emociones se apagaron en un instante.

‎Jhon: ¿Cómo que no existe?

‎Beelzebub: Ella es un demonio, no una persona. ¿Por qué?

‎Miré en sus ojos profundos y grises, sin saber cómo explicarlo. Mi alma se retorcía bajo el peso de sus palabras.

‎Beelzebub: ¿Quieres hablar con ella, con Isolde?

‎Apreté los puños y respondí que sí. En ese momento, no sabía si debía sentirme deprimido o enfadado.

‎Cuando finalmente llegué a la habitación, ella estaba de pie, mirando hacia la ventana desde un balcón. Era igual a la amiga que conocía, pero su piel era más pálida, casi translúcida. La mezcla de sentimientos que me invadió me paralizó. Se parecía a la amable Isolde que solía conocer, y todo lo que deseaba era que las cosas fueran como antes, pero sabía que eso ya no era posible.

‎Me acerqué lentamente. Ella parecía no notarlo. El aire era frío y oscuro, y su cabello color salmón se movía con la brisa que entraba por la ventana. Sin pensarlo más, decidí tocar su hombro. Ella se dio la vuelta, y su expresión seria se iluminó con una amplia sonrisa.

‎Isolde: Hola, Jhon. Cuánto tiempo.

‎No pude articular palabra; me quedé en silencio, procesando su falta de preocupación y empatía, y la burla que reflejaba su sonrisa.

‎Isolde: Así que ya caíste. Ja, te tomó la cuarta parte de tu vida. Qué miserable que persigas a una persona hasta el infierno. Vaya, resulta que yo no era esa niña malcriada. ¿Cómo no tuviste sentido común? Digo, cualquier ser humano inteligente habría sabido que te estaba usando, ¿o no? A cierto, que no, ¿cómo ibas a descubrir que era un demonio que te trajo al infierno?

‎Sin pensarlo, salí corriendo de la habitación, tomé la muñeca de Beelzebub y lo llevé conmigo, sin mirar atrás. Ahora, lo único que tenía era a ese demonio, y aunque no sabía cómo sentirme al respecto, me negaba a dejar que mi nuevo estado de confort cambiara.

‎Extra: Me quedé con el gato, porque Isolde no lo quiso. Pronto descubrí que también era un demonio y podía hablar. Nos hicimos amigos 

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