Capitulo 5
Nos bajamos del bus. Vi muchos edificios lujosos, una ciudad extravagante, iluminada por luces brillantes que parecían desafiar la oscuridad; siempre era de noche, y me costaba respirar de la ansiedad que me provocaba el lugar.
Solo seguí en su camino, subiendo por el ascensor en un edificio con una recepción gigante, decorada con oro, platino, vidrio y diamantes. La alfombra negra absorbía el sonido de nuestros pasos, mientras la arquitectura antigua rodeaba el espacio, haciéndolo parecer un palacio. Las paredes, aterradoramente acogedoras, tenían ventanas gigantes que ofrecían vistas espectaculares, algo parecido al Palacio de Invierno en San Petersburgo. Quedé atónito y me pregunté si ese era el infierno. Las sombras danzaban en las paredes, y un leve olor a incienso me envolvía, un recordatorio de que no estaba en casa.
Llegamos a un penthouse; las puertas del ascensor se abrieron para mostrar el penthouse probablemente más caro que había visto.
Mirando por la ventana, vi a un tipo joven y elegante, con el cabello azul claro y lacio. Bal le puso una mano en el hombro y lo saludó, haciendo que este se volteara. Sus ojos, como dos diamantes, y su piel pálida resaltaban; su mirada fría hacía que el ambiente se sintiera tenso. Parecía que no le agradaba que entraran sin preguntar. Mi sangre se congeló al ver su mirada. Al menos no se veía como un demonio de película, pero sus ojos me atravesaban como un cuchillo afilado. Él solo cruzó los brazos.
Baal: Te tengo un trabajo.
Asmodeus: ...
Baal: Este chico necesita encontrar un espíritu en pena.
Dijo señalando hacia donde estaba.
Asmodeus: ¿Y por qué?
Baal: Ya sabes, la estúpidez que no tiene cura.
Asmodeus: No.
Asmodeus: No voy a ayudarte solo por amistad o amor a alguien; así no funcionan las cosas. Aquí, en el más grande y eterno ciclo de la muerte, no tendrás consuelo.
Mis pensamientos se agolpaban en mi mente. ¿Realmente podría ayudarme? La desesperación se apoderaba de mí mientras miraba a Baal, esperando que encontrara una manera.
Baal: No seas así, vamos, ayuda al chico. Digamos que solo está de visitante.
Asmodeus: Solo quieres que solucione tus idioteces, Baal.
Asmodeus: Lo haré con una condición.
Asmodeus: Habla con Paimon.
Jhon: ¿Por qué?
Asmodeus: Él es quien tiene acceso directo a las almas nuevas y es mi jefe.
Jhon: ¿Cómo rayos hago eso?
Baal: Milagros, supongo.
Asmodeus: Si quieres que alguien te ayude, habla con él o con uno de los demonios de la jerarquía.
Jhon: ¿Dónde encuentro a Paimon?
Asmodeus: Él vaga por desiertos, buscando almas nuevas para consumir. Supongo que estará en un desierto.
Baal: Entonces vamos al desierto. Gracias, Asmodeus, serviste para tres cosas.
Asmodeus: Muérete.
Baal: Yo también te quiero.
...
Baal: Hay infinidad de desiertos, pero este es el más peligroso.
Jhon: Qué consideración.
Baal: No seas sarcástico.
Una brisa cálida me golpeó el rostro mientras vagábamos por el desierto. La arena se deslizaba entre mis dedos, y el horizonte se extendía hasta donde la vista alcanzaba. Después de vagar un tiempo, vi una figura de un camello, gigante y oscuro. Arriba había un ser con un par de cuernos, un velo negro que ocultaba parte de su rostro, ropa de forastero, cabello negro y piel pálida. Lo más importante era la corona gigante que emanaba fuego y brillaba, igual que sus ojos blancos. Sentí más ganas de correr que al ver a la misma muerte. Él parecía un rey, su energía inundaba todo el lugar; su penumbra se expandía hasta llegar a mis tobillos.
Cada vez iba más rápido y no podía alcanzar su velocidad, ni porque quisiera. Solo intenté perseguirlo; un segundo duró millones de años para mí.
Sus manos delgadas, con guantes adornados con diamantes, soltaron las riendas del camello, haciendo que este se detuviera. Torció el cuello para mirarnos, y su camello se movió lentamente hacia nuestra dirección.
Baal: Hola, querido Paimon. ¿Estás ocupado?
Él habló con una voz severa y autoritaria, como un trueno que retumbaba en mi pecho.
Paimon: ¿Qué buscas, Baal?
Baal: Este chico te necesita.
Dijo empujándome hacia adelante.
Paimon me miró fijamente. Su mirada era más que asesina; era la de un demonio, con su propia luz irradiando, la perfecta mirada de un rey demonio que solo había escuchado en el Ars Goetia.
Paimon: ¿Otra alma en pena o simplemente estás perdido?
Jhon: Busco a una persona.
El peso de mis palabras resonaba en el aire. Paimon parecía evaluar mi sinceridad, y el silencio se volvió opresivo.
Paimon: Aquí no se buscan personas ni almas; todos están igual de perdidos en el retorno.
Paimon: Como tú no perteneces aquí, necesito llevarte a una corte para decidir tu destino.
Baal: Espera—
Paimon: Seguramente van a girar una ruleta rusa y decidir quién se queda con tu alma.
Jhon: ¡Espera, no! No he hecho nada más que querer encontrarme con la persona que amo.
Paimon: Eso infringe las leyes del infierno. No puedes venir aquí cuando quieras; el demonio que te envió a esta dimensión te envió a la perdición, niño.
Jhon: ¿No hay nada que pueda hacer?
Paimon: No, firmaste tu muerte.
...
Cuando me llevaron a la reunión, me dijeron que esperara afuera. Me senté en un sofá de color gris, que parecía acogedor, pero la incomodidad me invadía. Las ventanas eran gigantes y las paredes y el suelo eran de color negro. Miré hacia afuera, anhelando que fuera un sueño. Me sentía como un preso, atrapado en un destino que no elegí. No debí entrar al infierno; mis propios problemas me sofocaban y no había nada más que pudiera hacer.
La reunión duró horas. Yo solo seguía ahí, como en una sala de espera. Se me hizo parecido a un consultorio; solo veía las plantas en macetas para distraerme. La sensación fría de que este era el fin de mi vida no se alejaba de mí y mi arrepentimiento comenzó a llegar. En este punto entendí una cosa: no puedes obligar al destino a torcerse por tus propios caprichos cuando está envuelta la muerte.
De repente, escuché que la reunión había terminado y me sobresalté. Yo era un saco de miedo y pánico, pero tenía más miedo de mostrarlo, así que esperé pacientemente, sintiendo que cada segundo era un eco de mi inevitable destino